Nosotros hemos ido cuatro veces a La Rioja y siempre nos quedamos con ganas de volver. Es uno de esos destinos que nunca se agotan. Cada viaje permite descubrir un rincón distinto, un pueblo con personalidad, un paisaje que cambia con la estación o una experiencia que invita a detenerse y disfrutar sin prisas. Quizá ahí resida gran parte de su encanto: en una tierra donde las pequeñas cosas terminan convirtiéndose en los mejores recuerdos.
Planificando la llegada
Pero vayamos por partes. Lo primero es organizar el viaje. Como la idea es recorrer distintos rincones y disfrutar del entorno rural, lo más cómodo suele ser desplazarse en coche, aunque no es la única opción.
La Rioja es una comunidad alargada. De un extremo a otro hay alrededor de 120 kilómetros y, de norte a sur, bastante menos. Esto permite recorrer buena parte de la región sin necesidad de realizar grandes desplazamientos, enlazando pueblos, viñedos y espacios naturales en trayectos muy cómodos.
Se puede llegar a La Rioja desde cualquier punto de España utilizando diferentes medios de transporte: ya sea en coche, en autobús, en tren, en avión o caminando. Gracias a esta red de comunicaciones, es un destino fácilmente accesible desde cualquier lugar de España.
Ya dentro de La Rioja, las carreteras para visitar los distintos lugares son muy buenas. Lo que no es autovía es carretera nacional en buen estado. Incluso las carreteras secundarias permiten desplazarse cómodamente entre pueblos, viñedos y espacios naturales, haciendo que conducir forme parte del propio viaje.
Buen comer y mejor beber
Viajar por La Rioja supone descubrir muy pronto que aquí la gastronomía no es un simple complemento del viaje. Forma parte del paisaje con la misma naturalidad que los viñedos, las montañas o los pueblos de piedra. Cada valle aporta sus propios productos, cada estación ofrece nuevos sabores y cada mesa invita a disfrutar de la cocina con calma, poniendo siempre en valor la calidad de la materia prima.
La cocina riojana resulta cercana y auténtica. No necesita recetas complicadas para conquistar al visitante. Basta un buen plato de patatas a la riojana, unas chuletillas al sarmiento, unas pochas en temporada o una sencilla menestra elaborada con verduras de la huerta para comprender que aquí el producto sigue siendo el auténtico protagonista.

Los mercados, las pequeñas tiendas de alimentación y los restaurantes familiares permiten acercarse a esa forma de entender la cocina. No es raro encontrar establecimientos donde varias generaciones continúan elaborando las mismas recetas desde hace décadas. Esa continuidad aporta autenticidad y convierte cada comida en una pequeña inmersión en la cultura local.
Resulta imposible hablar de La Rioja sin mencionar el vino. Está presente en el paisaje, en la historia de sus pueblos y en buena parte de su identidad. Más que un producto, forma parte de la manera de vivir de esta tierra y constituye uno de los grandes protagonistas de cualquier viaje.

Los viñedos transforman el paisaje a lo largo del año. En primavera predominan los verdes intensos; durante el verano las cepas muestran todo su esplendor; el otoño llena los campos de tonos dorados y rojizos antes de la vendimia y, en invierno, las viñas dibujan un paisaje sereno que permite apreciar la estructura del territorio.
La Rioja es una referencia internacional del enoturismo. Más de un centenar de bodegas, algunas centenarias y otras de arquitectura contemporánea, ofrecen experiencias que van mucho más allá de una simple cata. Paseos entre viñedos, visitas a calados históricos, recorridos por barricas o actividades adaptadas para familias permiten descubrir la cultura del vino de una forma cercana y participativa. Aquí, el vino no solo se prueba: también se escucha, se observa y se comprende como parte esencial de la identidad riojana.
Etapas
La Rioja está llena de pueblos que conservan su personalidad y que invitan a recorrerlos sin prisas. Muchos apenas cuentan con unos miles de habitantes, pero todos esconden algún rincón capaz de sorprender: un castillo que domina el paisaje, una iglesia centenaria, una plaza donde detenerse a tomar algo o una calle empedrada que parece haberse detenido en el tiempo. Lo mejor es recorrer la región dejando espacio para la improvisación, porque muchas veces los mejores descubrimientos aparecen donde menos se esperan.
En Haro, el vino forma parte de la vida cotidiana. Su casco histórico, el ambiente de las terrazas de La Herradura y el famoso Barrio de la Estación, donde se concentra la mayor agrupación de bodegas centenarias del mundo, convierten la visita en una parada imprescindible para comprender la cultura vitivinícola de toda la región.
Muy cerca se encuentra Briones, asentado sobre un cerro rodeado de viñedos. Su recinto medieval conserva calles empedradas, casas blasonadas y magníficas vistas sobre el valle del Ebro. Además, aquí se encuentra el Museo Vivanco de la Cultura del Vino, uno de los espacios de referencia para descubrir la historia, el arte y la cultura que rodean al vino.

Viajamos hasta la zona más oriental de la región y nos detenemos en Arnedo, una localidad que combina patrimonio, naturaleza y tradición. La Cueva de los Cien Pilares, excavada en la roca, sorprende por sus dimensiones y por la historia que esconde entre sus galerías. Además, aunque no sea estrictamente turismo rural, Arnedo es la capital del calzado, con numerosas fábricas y establecimientos donde encontrar algunas de las marcas más conocidas del país.
Cerca de Arnedo se encuentra Enciso y su parque de paleoaventura El Barranco Perdido, uno de los grandes planes familiares de La Rioja. Las huellas de dinosaurio, las actividades de aventura y los espacios dedicados a la paleontología permiten pasar una jornada completa aprendiendo y divirtiéndose. Además, en verano el parque incorpora piscinas y atracciones acuáticas que completan la visita.

Viajamos hasta la cercana Calahorra, que es una de las ciudades con mayor legado romano de La Rioja. Sus yacimientos arqueológicos, el museo de la romanización y la catedral permiten recorrer siglos de historia en un mismo paseo.
Además, aquí se encuentra Tierra Rapaz, un parque temático dedicado a las aves rapaces que combina educación, conservación y entretenimiento para toda la familia. Sus exhibiciones de aves diurnas y nocturnas, junto con las zonas de juegos y el trabajo que desarrolla su fundación con ejemplares irrecuperables para la vida salvaje, lo convierten en una visita muy recomendable para viajar con niños.
Santo Domingo de la Calzada constituye otra parada imprescindible, tanto para quienes recorren el Camino de Santiago como para quienes simplemente desean conocer una de las localidades con mayor patrimonio histórico de La Rioja. Los más pequeños siempre quedan fascinados al descubrir el gallo y la gallina vivos que habitan en el interior de la catedral, mientras que la visita a la torre y al museo completa una experiencia cargada de historia y tradición.

En San Millán de la Cogolla, el origen del castellano sigue muy presente entre los monasterios de Suso y Yuso, declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Más allá de su extraordinario valor histórico, el entorno natural invita a recorrer senderos y disfrutar de un paisaje donde cultura y naturaleza forman un conjunto inseparable.
Otro de los grandes destinos es Ezcaray, una de esas localidades donde siempre apetece quedarse un poco más. Situada a los pies de la Sierra de la Demanda, combina un cuidado casco urbano con un entorno privilegiado para realizar rutas de senderismo, disfrutar de la naturaleza o acercarse en invierno a la estación de esquí de Valdezcaray. Su reconocimiento como uno de los Mejores Pueblos Turísticos del Mundo refleja el atractivo de un destino que conserva intacta su esencia.
El viaje puede continuar por muchos otros rincones igualmente interesantes. Nájera, con el Monasterio de Santa María la Real; San Vicente de la Sonsierra, presidido por su castillo; Sajazarra, incluido entre los pueblos más bonitos de España; Anguiano, Torrecilla en Cameros, Lumbreras, Valle de Ocón, Clavijo o Viniegra de Abajo son solo algunos ejemplos de una comunidad donde cada localidad mantiene su propia identidad.

Porque quizá esa sea una de las mayores virtudes de La Rioja. Ningún pueblo pretende parecerse al siguiente. Cada uno conserva su carácter, sus tradiciones y su forma de entender la vida. Por eso recorrer la región significa enlazar pequeñas carreteras, descubrir plazas tranquilas, conversar con sus habitantes y disfrutar de ese ritmo pausado que convierte el viaje en una sucesión de pequeños momentos.
La Rioja es muy divertida
Ya hemos visto que La Rioja reúne paisajes, pueblos con encanto, una excelente gastronomía y una cultura del vino reconocida en todo el mundo. Pero viajar hasta aquí también significa descubrir una tierra donde las tradiciones siguen muy vivas y donde las fiestas forman parte de la identidad de cada localidad. No son espectáculos preparados para el visitante, sino celebraciones que los riojanos continúan viviendo con la misma ilusión de siempre y en las que cualquiera puede sentirse un vecino más.
Uno de los mejores ejemplos es la Batalla del Vino de Haro, que cada 29 de junio reúne a miles de personas en los Riscos de Bilibio para participar en una de las celebraciones más singulares de España. Declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional, convierte el vino en protagonista de una jornada festiva que combina tradición, convivencia y un ambiente difícil de encontrar en otro lugar.

Muy diferente, aunque igualmente representativa, es la Fiesta de la Vendimia Riojana, que se celebra en Logroño durante las fiestas de San Mateo. Uno de sus momentos más emotivos llega con el tradicional pisado de la uva y la ofrenda del primer mosto a la Virgen de Valvanera, un acto que simboliza la profunda relación entre La Rioja y el mundo del vino.
También merece la pena acercarse a Santo Domingo de la Calzada durante sus fiestas patronales o coincidir con alguna de las numerosas recreaciones históricas que se organizan a lo largo del año en diferentes localidades. Son ocasiones perfectas para descubrir el patrimonio riojano desde una perspectiva diferente y compartir con sus habitantes algunas de sus tradiciones más arraigadas.
Si el viaje coincide con el verano, es habitual encontrar pueblos donde las plazas se llenan de gigantes y cabezudos, charangas, mercados, concursos populares y verbenas. Para los niños suelen convertirse en algunos de los mejores recuerdos del viaje. Participar en una chocolatada, disfrutar de una comida popular o compartir una tarde de juegos permite conocer de cerca esa forma de vivir pausada y acogedora que caracteriza a tantos pueblos riojanos.
A lo largo del año también se celebran numerosas citas vinculadas a la cultura y al producto local. Las Jornadas Medievales de Briones transforman completamente el casco histórico de la villa, mientras que ferias dedicadas al aceite, las verduras de la huerta, el vino o la gastronomía tradicional permiten descubrir otra forma de acercarse al territorio, siempre desde el respeto por sus raíces.
Porque viajar por La Rioja también consiste en eso: en llegar a un pueblo sin grandes expectativas y descubrir que ese fin de semana hay fiesta, un mercado artesanal, una romería o una celebración popular. Son esas pequeñas sorpresas las que hacen diferente cada viaje y las que mejor representan el espíritu de esta tierra.
Quizá por eso resulta tan fácil volver con la sensación de haber vivido algo auténtico. Porque La Rioja no necesita grandes artificios para conquistar al viajero. Lo hace a través de sus pueblos, de sus paisajes, de su gente y de esos pequeños momentos que permanecen en la memoria mucho después de regresar a casa.
